Francisco Solano y Ortíz de Rozas
Capitán General
Nació en la ciudad de Santiago de León de Caracas, el 10 de diciembre de 1768, y era hijo del por aquel entonces Gobernador y Capitán General de las provincias de Venezuela, José Solano y Bote, extremeño de Zurita, que fue premiado por el Rey con el marquesado del Socorro, en recuerdo del que prestó al mando de sus buques en la toma de la plaza americana de Penzacola, y de la bonaerense Rafaela Ortiz de Rozas Ruiz de Bribiescas, hija del conde de Poblaciones, y teniente general y gobernador de Chile, el burgalés Domingo Ortiz de Rozas y de la gaditana Ana Ruiz de Bribiescas y Ahumada. En 1779 ingresó en el Real Seminario de Nobles madrileño y poco después lo hizo en la Casa de Pajes del Rey, donde prosiguió su formación hasta incorporarse como Cadete en el regimiento de Reales Guardias Españolas de Infantería, donde seguiría las vicisitudes propias de la carrera militar, donde le hallaremos de Capitán de Infantería durante la defensa de Orán.
En el año 1793, iniciándose los conflictos fronterizos con los franceses, Solano se encuentra destinado en la plaza de Hostalrich, como teniente coronel-jefe del Depósito de Infantería, por lo que hubo de participar con él, distinguiéndose en varias de las acciones llevadas a cabo durante el mes de febrero. Durante el mes de agosto fue ascendido a Coronel, pasando a mandar el Regimiento de Soria, y participando en acciones como la de Auleta; batalla de Truillas; ataque de Corvera, donde tomaron dos cañones al enemigo; defensa del reducto de Ceret; alturas de Perlada; San Ferriol y San Marzal; San Genis; batalla de las alturas de Boulou; toma de Montesquieu y alturas de Villalonga; montañas de San Cristóbal, Puig de Castellá; Puig de Orellá, en la que tomaron siete piezas de montaña; asalto de las baterías de Mas de Pills y Coll de Bauñols; atrincheramiento de Bean, Castillo de San Telmo, Portvendres, Puig de Oriol, plaza de Colliure con sus fuertes,...
En febrero de 1794, debido a los extraordinarios servicios prestados en el anterior año, fue promovido primeramente al grado de Brigadier, y luego, por su bravo comportamiento y las heridas recibidas durante la acción de Colliure, elevado al rango de Mariscal de Campo.
En 1798 contrajo matrimonio con Francisca Javiera de Matalinares y Barrenechea, marquesa de la Solana y dueña del Señorío del Carpio.
En 1802, debido a la promoción que se llevó a cabo con motivo del casamiento del Príncipe de Asturias, ascendió a Teniente General.
Voluntariamente se incorporó al Ejército napoleónico del Rhin, pasando a estar a las órdenes de del general francés Moreau, quien años después, por haber caído en desgracia con Bonaparte, sería huésped de Solano en Cádiz, a donde llegó deportado.
Con todo lo que vio durante su permanencia en el ejército francés, Solano a su regreso puso en práctica aquellas experiencias que beneficiarían la Táctica española.
Nombrado en 1803, Gobernador interino de Cádiz y Capitán General de Andalucía, coincidió su regreso al mando con una epidemia de fiebre amarilla; adoptó medidas excepcionales que impidieron el avance y forzaron a la remisión de la misma. Los méritos alcanzados en este cargo, propiciaron su definitivo nombramiento como Capitán General en propiedad.
Decididos el rey Carlos IV y su valido a participar en el sometimiento de Portugal bajo las águilas francesas, nombrarían en 1806 para el mando de las tropas españolas que ayudarían a invadir el país hermano, al general Solano, por sus conocimientos del sistema militar y táctico francés. Instaló su cuartel general en Setúbal, hasta que por los sucesos del Dos de mayo madrileño, por fin aquel Ejército se disolvió, retornando a su anterior mando militar en Cádiz.
Como sabemos, en la bahía gaditana se encontraban fondeados los buques franceses que allí se habían internado después de la debacle de Trafalgar; muchos de ellos más bien presidios flotantes, que buques operativos en mar abierto, pues aun tenían sin restañar las graves heridas que en sus cascos habían infringido los proyectiles británicos.
Pues bien, los gaditanos, viendo allí aquellas naves enemigas, estaban decididos a tomarlas por la fuerza; las prudentes intervenciones del general Solano, las había reducido a meras intenciones, pues habiendo visto en junta de jefes con otros generales y marinos, que aquello no resultaría favorable a los españoles, habían cortado
todo intento popular.
Sin embargo, la interpretación que se transmitió entre aquellas sencillas gentes, era de que Solano era un afrancesado y que con aquellas medidas apoyaba a los franceses, por lo que bien excitado el ánimo, el día 29 de mayo de 1808, las turbas comenzaron a avanzar hacia el palacio de la Capitanía, situado en la plaza del Pozo de las Nieves, logrando entrar en él al asalto, y forzando a Solano a huir por las terrazas, llegando hasta la azotea de la casa que habitaba el banquero irlandés Strange.
Durante la fuga por las terrazas, Solano fue seguido muy de cerca por un individuo llamado Pedro Pablo Olaechea, al cual Solano logró sorprender, y con su hercúlea fuerza, lo levantó en vilo, y lo arrojó a la calle, produciéndole la muerte en el acto, quedando él libre para proseguir en su huída.
La señora de Strange facilitó a Solano un refugio seguro en una hornacina que había entre dos paredes, donde este se refugió disimuladamente. Pero no todo es a veces favorable: entre los amotinados se encontraba una persona que conocía la existencia de aquel refugio. Detectada la llegada de Solano a aquella casa, entraron violentamente en ella y se dirigieron directamente al sitio donde sospechaban estuviese escondido el Capitán General, no sirviendo que la señora Strange intentase proteger el lugar anteponiéndose a los perseguidores, por lo que fue herida en un brazo. Solano al escuchar los gritos, y antes de que dañasen a su protectora, salió de su refugio y se entregó a quienes le buscaban.
Arrastrándolo unas veces y vejándolo del modo más ignominioso durante todo el trayecto, Solano fue objeto de insultos y laceraciones continuas, por lo que uno de los presentes, Carlos Pignatelli, buen amigo de Solano, viendo que acababan de darle una fea cuchillada, se acercó a Solano y le traspasó el corazón de una estocada, evitándole así el terrible destino que le reservaban sus aprehensores.
Privados del espectáculo que pensaban darse los amotinados, dejaron abandonado el cadáver, que en cuanto pudo recogió el canónigo Magistral Cabrera, llevándolo a la nueva Catedral de Cádiz, desde donde le trasladarían al día siguiente y sin llamar la atención, al cementerio, quedando depositado en un nicho que tenía el número 42, de la 5ª fila, en la línea del Este del patio 3º, procediendo al tiempo a inscribir su alevosa defunción en el Libro de Difuntos correspondiente, fº 69.
Cuando llevaba unas pocas horas allí enterrado, llegó una comitiva fúnebre que transportaba y hacía los honores a un nuevo sepelio, que resultó ser el de Pedro Pablo de Olaechea, oriundo de Guernica, en Vizcaya e intitulado Capitán de las tropas voluntarias de Cádiz, de treinta y tres años de edad, y que no era otro que aquel joven que se interpuso el día antes a la marcha de Solano, y que ahora por una casualidad pasaba a ocupar el nicho siguiente al del General.
El 18 de octubre de 1864, se abrió el nicho y se recogieron los restos en una urna que volvió a depositarse en el mismo, pero con una placa que decía:
Descansan aquí
Los mortales restos
del
Excmo. Sor. D. FRANCISCO SOLANO
Marqués del Socorro y de la
Solana
Gobernador militar y político
de Cádiz
Presidente del Excmo. Ayuntamiento
29 de Mayo de 1808
Rogad a Dios por él
Solano era además Maestrante de la Real Maestranza de Sevilla, Caballero de las Ordenes de Santiago y San Juan, miembro desde 1795 de la Academia de San Fernando, y de la Sociedad Cantábrica de la de Amigos del País, de Trujillo.
Alcalá Galiano, que le trató decía de él: «Era un hombre de gallarda presencia, de modales cortesanos, dado a la lectura amena;... gobernador celoso y entendido... Era Solano un general por otro estilo de los que entonces contaba España, de alta y aventajada estatura, lleno de carnes, de expresiva figura, de presencia marcial, sediento de gloria, no corto de instrucción, y aun con algo de literato; finísimo de modales, donde aparecían sus pensamientos de caballero, vestido con la cultura moderna; bastante teatral en sus actos, así militares como civiles; más de militar francés que de español; activo a menudo en exceso, lo cual le movía a obrar en todo, más de lo necesario, frecuentemente con alguna precipitación, y no siempre con tino; hombre en suma, digno de aprecio, y dueño de él y de buen afecto, sobre todo, entre las personas ilustradas y de alta y mediana esfera.»
Volver a Protagonistas del Combate.